Este fin de semana leí la columna que Bárbara Alpente escribe en Yo Donna y me hizo reflexionar.
En ella hablaba sobre un encuentro con una mujer a la que calificaba como una idiota y, entre otras cosas, explicaba el por qué de ese calificativo:
Está ella con dos tipos y llego yo a saludar a uno de ellos. Entonces, ella clava los ojos en cada tramo de mi cuerpo, se pone la mano tapando su boca y le habla al oido al tercero en cuestión mientros yo hablo con el primero en cuestión. Acto seguido ambos sueltan una carcajada y ella vuelve a mirarme. No quiero ser malpensada, pero me da que se ha reído de mí.
Alpente concluye que se trata de un claro caso de inseguridad. Una estrategia (no se sabe si inconsciente o no) de trasladar la inseguridad que su idiota siente a la pobre víctima de la que se burla (en esta caso, la autora de la columna)
Yo, que creo firmemente que en todas partes hay de todo y que la guerra de sexos es un cuento chino, detesto reconocer que, según mi propia experiencia, ésta es una costumbre mucho más extendida entre nosotras, las mujeres, que entre los hombres (jamás he visto a un tío comportarse así)
En mi vida he conocido a muchas idiotas como la que retrata Bárbara Alpente en su texto (espero no haber sido una de ellas alguna vez...) y reconozco que algunas veces (sobre todo, cuando era más joven) han conseguido que me sintiese incómoda.
Menos mal que una va cumpliendo años y adquiriendo recursos para hacer frente a este tipo de idiotas que, para nuestra desgracia, no llegan a erradicarse jamás...
Sin ir más lejos, debido a mi trabajo he tenido trato con una tía que, por razones que no vienen al caso, es conocida de la media naranja desde hace años.
Esta individua sabía de mi existencia por algún comentario suelto de mi chico pero desde el mismo día en que me puso cara es un sinvivir. Hemos coincidido en contadas ocasiones pero sus miradas de ojos entrecerrados, sus cuchicheos y las puñaladas traperas que intenta meterme ya me están empezando a agotar la paciencia.
Sí, más o menos, así es como estoy yo... cogiendo carrerilla!
A la vista de este comportamiento tan anormal por su parte no se me ocurrió otra cosa que interrogar a la media naranja sobre la naturaleza de su relación con esta señora. Puede que le prometiese amor eterno y luego, cuando me conoció a mí, no cumplió su palabra... qué se yo.
Qué faena... a lo mejor ya había encargado el traje de novia.
Pero este hombre jura y perjura que, a pesar de que se conocen desde hace varios años, no ha tenido nada (ni intención de ello) con esta buena mujer. Y, a mí, que hace años que se me pasó la etapa de celar a mi media naranja, la verdad es que me importa un pimiento qué hizo él antes de conocerme a mí (bueno, importar... me importa un bledo pero si hubiese algún cotilleo jugoso en el pasado de mi querido cítrico, tampoco tendría ningún reparo en que me lo contase: ya se sabe que el saber no ocupa lugar)
Eso sí, aunque hasta ahora no he hecho otra cosa que ignorarla (qué pereza me da, la pobre) estos jueguecitos de patio de colegio me aburren soberanamente así que: querida, ya te puedes ir preparando, que la próxima vez que nos encontremos (si te atreves a provocarme) te voy a decir 4 cosas! Esto es la guerra!!!
Y no será una de éstas, te lo aseguro.
Qué decís vosotros? Pensáis que este tipo de conductas son más femeninas que masculinas? Cómo hay que reaccionar? Es mejor ignorar a la idiota o pegarle un buen corte a ver si espabila?
Para que no digáis que no me mojo, opino yo primero: creo que, en la mayoría de los casos, no hay como dedicarle una mirada de tía, tú eres tonta para que vuelva a meter los pies en el tiesto (qué menos que tener la delicadeza de esperar a que la víctima se dé la vuelta para ponerla a parir... qué es eso de reirse en la cara de uno?) Obviamente, con las idiotas reincidentes es necesario el uso de la artillería pesada! O no?




















































