Me dan muchísima envidia las personas que tienen buena mano para las plantas.
Yo soy una auténtica nulidad: planta que cae en mis manos, planta que pasa a dormir el sueño de los justos en un periodo de tiempo más o menos breve.
No creáis que soy una exagerada. Una vez, unos ciudadanos, como muestra de agradecimiento por haberles ayudado en unas gestiones con el Ayuntamiento, me regalaron una saintpaulia (qué majos... normalmente suelen querer regalarnos un par de sopapos)
Por mucho que me esmeré en cuidarla a las pocas semanas estaba medio muerta. Ante tan dramática situación (para la planta, se entiende), mis padres decidieron tomar cartas en el asunto:
se la llevaron a su casa y, milagrosamente, revivió! Y ahí sigue la tía, vivita y coleando, toda esplendorosa, después de 5 años.
A pesar de mis antecedentes florales, hace un par de años no pude resistir la tentación de comprar un bonsái para nuestra casa.
Cuando la media naranja llegó a casa se lo enseñé, encantada de la vida: sería el tercer ser vivo en nuestro hogar.
No sé muy bien la razón exacta pero en cuanto lo vió, le declaró la guerra! Lo rebautizo con el nombre de arbustito
y le dirigió las siguientes nada halagüeñas palabras:
Media naranja: vas a morir!
Desde aquel mismo momento, boicoteó todos los mimosos cuidados que yo le procuraba al bueno de arbustito. Sus ataques iban desde decirle auténticas perrerías (seguramente, el pobre arbolito estaba aterrorizado)
hasta dejarlo enfrente de las ventanas abiertas de par en par (a propósito),
a sabiendas de que las corrientes de aire son fatales para los bonsáis.
De esta manera, el pobre arbustito se apochó y, pese a que intenté protegerlo de este salvaje y revivirlo desesperadamente, finalmente se secó.
Si existiese una policía de las plantas nos tendría que haber detenido y metido en la cárcel pero, como no la hay (que se sepa...) la media naranja y yo, que somos los Bonnie & Clyde de la flora
hemos quedado libres como pájaros.
Independientemente de las malas artes de la media naranja, es verdad que yo sola soy muy capaz de cargarme a cualquier clase de planta. Creo que las mato porque son sensibles a las vibraciones que emitimos las personas
y yo vibro en una frecuencia de onda que las deja en estado de shock!
Afortunadamente, esto no me pasa con las personas (ya me gustaría saber freir selectivamente, ji, ji)
Menos mal que aún me queda un poco de alma y para evitar asesinar a otras desdichadas plantas que puedan cruzarse en mi camino
he tomado la firme determinación de no traer más vegetales no comestibles a casa.
Con todo el dolor de mi corazón...
Y vosotros, qué? Os dáis maña con las plantas o podemos fundar un club de asesinos involuntarios de toda clase de ejemplares del mundo vegetal?
























































